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Socrates

SÓCRATES 469-399 a. C.«Sólo sé que no sé nada».Contemporáneo de los sofistas y considerado por la opinión pública como uno de ellos, Sócrates vivió en Atenas los setenta años de su vida, del 469 al 399 a. C. Las contadas ocasiones en las que salió de su ciudad fueron para defenderla valerosamente en las batallas de Délos, Anfípolis y Potidea.Hijo de un escultor acomodado y de una comadrona, se dedicó a la reflexión filosófica y a su enseñanza pública, interpretando que eso era lo que el dios Apolo le había pedido por medio de su oráculo délfico. Esta actividad, centrada en la crítica rigurosa y libre, molestó a muchos, y por ello fue acusado de corrupción ideológica y condenado a muerte. Discípulos de Sócrates habían sido, entre otros, Alcibíades y Critias. El primero había profanado el culto a los dioses en el 415 y habiéndose pasado durante un tiempo a Esparta, puso en grave aprieto a Atenas. En cuanto a Critias, era público su ateísmo, y fue uno de los Treinta Tiranos, quizá el más violento.No deja nada escrito y al mismo tiempo es el protagonista principal de los diálogos platónicos.Sus temas principales son:a)El saber:Es el primero que teoriza sobre el conocimiento. Es el primer filósofo crítico del conocimiento.Partimos de casos concretos de experiencia, consideramos estos casos en su peculiaridad, tropezamos con aspectos iguales uniformemente repetidos y destacamos las notas iguales que hay en ellos. Así tenemos el concepto universal.b)Concepto y realidad:Los conceptos universales no son una representación, sino que encierran un contenido de saber siempre igual. Por esta vía supera Sócrates el relativismo y escepticismo. La originalidad de SócratesPara los griegos, es el destino el que mueve los hilos de la vida humana. De ahí brota la resignación, la melancolía y la religiosidad del alma griega. La razón guía al hombre como el timón a la nave, pero el destino y los dioses lo empujan como el viento y las olas: las dos terceras partes de su existencia no dependen de él. Sócrates vino al mundo precisamente para poner a prueba la razón, medir su alcance y ejercitarla hasta las fronteras del misterio.En la historia de Occidente, Sócrates protagoniza el primer gran intento de apelar a la razón no solamente para sondear el fondo opaco del ser, sino también para comprender las condiciones, los límites y los fines de la condición humana, es decir, de nuestro destino.En una Atenas agitada por la guerra del Peloponeso, ocupada por tropas extranjeras y gobernadas por facciones oligárquicas, la actividad de Sócrates resultó extraña y desconcertante. Parecía un sofista, rodeado por los mejores jóvenes de la aristocracia ateniense, pero no recibía de ellos retribución alguna por su enseñanza, y pronto se vio que su pretensión era justamente superar la sofística y recuperar el respeto a la verdad. Los sofistas se declaraban maestros de virtud, pero los principios teóricos de su enseñanza conducían a un pesimismo radical sobre la condición humana, del cual el individuo era invitado a liberarse arriesgándose en el inmoralismo del superhombre. Frente a los sofistas, Sócrates defiende valores ciertos. Su pensamiento no está al servicio de intereses partidistas ni envuelto con engaño en la retórica. La palabra deja de ser instrumento de manipulación y recobra todo su valor ético al servicio de la comunicación de la verdad.Si Grecia representa el esfuerzo humano por elevarse de la oscuridad a la luz racional, Sócrates es el ejemplo más genuino de tal empeño. Pero esavocación nace en él de una manera sumamente original Querofonte, amigo de Sócrates, al preguntar al oráculo de Delfos si había algún hombre vivo más sabio que Sócrates, recibió una sorprendente respuesta: «No». Por extraño que pueda parecer tal suceso, así lo cuenta el propio Sócrates ante sus acusadores.El método: ironía y mayéutica.El oráculo de Delfos había anunciado que nadie era más sabio que Sócrates, y éste, desconcertado, decide investigar el sentido de semejante afirmación. Inicia, para ello, una serie de conversaciones con sus conciudadanos, preguntando a cada uno sobre su oficio o profesión. Así descubre que, aunque se creen sabios, el poeta y el escultor no saben explicar en qué consiste el arte, y el gobernante y el militar no saben mucho sobre la justicia y la valentía.Por eso, como los que se consideran sabios no lo son, Sócrates, que no se considera sabio, es el que más se acerca a la verdad. En esas conversaciones, la ironía socrática obliga al interlocutor a rectificar y matizar constantemente sus respuestas, y el fruto de ese esfuerzo suele ser sacar a la luz (mayéutica) verdades hasta entonces desconocidas. La ironía es el medio más eficaz para desenmascarar la sabiduría aparente, la parte negativa del método socrático, seguida de cerca por el aspecto constructivo de la mayéutica: «Mi arte de dar a luz se parece al de las comadronas excepto en esto: que no lo practico con las mujeres sino con los hombres, y que el parto es del alma y no del cuerpo.»El escepticismo sofista negaba la adecuación entre el pensamiento y la realidad. Sócrates admite que la verdad no hay que buscarla en el revoltijo de las cosas sensibles, pero afirma que podemos encontrarla en la intimidad del alma. La frase «conócete a ti mismo» grabada en el frontón del templo de Delfos invita precisamente a superar la miopía de los sentidos para descender al fondo del propio espíritu y descubrir en él la verdad permanente.Después, el diálogo con otros hombres desenreda la verdad de las opiniones, y la esclarece. Esa mayéutica socrática, arte de dar a luz la verdad por medio del diálogo inteligente, es el primer esbozo de la inducción científica: el método capaz de reducir la multiplicidad de experiencias a la unidad de un principio universal expresable en una definición. Así lo reconoce explícitamente Aristóteles: «Dos son las cosas que con razón se pueden atribuir a Sócrates, los razonamientos inductivos y las definiciones de lo universal; las dos se refieren al principio de la ciencia.»Aunque hay quien sostiene que el concepto universal es puramente subjetivo, es muy difícil comprender cómo podríamos elaborar tales nociones universales y por qué tendríamos que formarlas, si no fuera porque existe una base real para poder hacerlo. El concepto universal destaca por representar la permanencia en un mundo donde todo parece perecedero. A Sócrates, por su preocupación ética, le interesó encontrar definiciones universales que sirvieran de asidero en medio del agitado mar del relativismo sofista. No era un teórico, pero estaba convencido de que para el recto gobierno de la vida es esencial tener un conocimiento claro de la verdad.Ética. El valor.Sócrates parte de lo particular y concreto pero no de la particularidad de los hechos físicos sino de los humanos, pues sus aspiraciones no apuntan a las leyes de la naturaleza sino a las leyes de la conducta humana: a los conceptos éticos (virtud, justicia, moderación, etc.) que hacen posible tanto el juicio verdadero como la acción buena.El hombre piensa y vive por medio de conceptos de validez universal, muchos de los cuales son estrictamente éticos. Si la vida humana no es convulsión irracional, si vivir es superar el mero impulso biológico, ello es por el conocimiento científico de verdades morales, teóricas y prácticas al mismo tiempo. Sócrates descubre la dignidad y el poder de una razón capaz de interpretar la realidad y guiar las acciones.Toda la vida de Sócrates es una batalla pacífica por el triunfo de la ética. El centro de esa ética es el concepto de areté, de virtud, y la virtud se alcanza por medio del conocimiento: para obrar bien es necesario conocer el bien, y el que obra mal es por ignorancia, porque juzga lo malo como bueno. Éste es el sentido del imperativo socrático: conócete a ti mismo. Y este énfasis en el conocimiento del bien da a la ética socrática un inconfundible matiz intelectual. Esta intelectualidad constituiría un desenfoque si la ética socrática no estuviera equilibrada por el papel de la voluntad, responsable de una virtud que Sócrates no se cansa de ponderar: el autodominio.La ética socrática se apoya en la naturaleza humana y habla de deberes naturales que no son mandatos arbitrarios, sino que, en relación con la naturaleza humana que reflejan, expresan el verdadero bien del hombre. Y, en la medida en que la naturaleza humana es constante, los valores éticos también lo son, y es un gran mérito de Sócrates reconocer la validez permanente de dichos valores, y tratar de fijarlos en definiciones universales que pudiesen tomarse como normas de conducta.Para Sócrates, la cultura, la educación y la política deben estar supeditadas a la ética. Se cuenta que en cierta ocasión, en el teatro, al llegar a un pasaje de una tragedia de Eurípides que aconsejaba en materia de virtud mirar todo con indulgencia, Sócrates se creyó obligado a levantarse e interrumpir, diciendo que le parecía ridículo consentir que se perdiera así la virtud. Por la misma razón aconsejaba moderar los deseos. Esa moderación de las pasiones es uno de los descubrimientos socráticos que perduran en toda la filosofía antigua, y hace de Sócrates un griego progresista, que critica la conducta tradicional. Así, se pregunta en tono reflexivo en qué se diferencia de una bestia el hombre sin dominio de sí e incontinente. Ese autodominio, bien lejos de las acciones de un Aquiles o de un Áyax, resultará especialmente beneficioso en un momento en el que los instintos tienden a extralimitarse peligrosamente y a socavar los cimientos mismos de la vida ateniense.También la política debe estar guiada por la ética. Antígona, la famosa tragedia de Sófocles, plantea a fondo el conflicto entre la ley moral o ley no escrita y las órdenes injustas de un tirano. En el año 441 a. C, el pueblo más democrático premió esta tragedia y distinguió a su autor con honores políticos por haber expresado lo que está en la base de la democracia: los valores.Así pensaba Sócrates, y lo demostró al aceptar una condena injusta por respeto a las leyes. No porque las leyes fuesen una mística expresión del deseo del pueblo, sino por su enlace con la justicia. Con una justicia que garantiza Dios.Para Sócrates la ética es como la técnica, el que es bueno en algo, es porque lo entiende. La utilidad y el dominio no son fines, pues están al servicio de un fin mayor (lo que agrada). Pero el hedonismo (placer) no siempre es bueno, ejemplo arrascarse para el sarnoso. Hay que ser sabio y prudente. (El inteligente es sabio y el sabio es bueno). Todas las virtudes consisten en el entender. A esta tesis se le llama intelectualismo. Y se opone a la moral de bienes sea Utilitarismo, Hedonismo o Naturalismo (superioridad y dominio del señor)Religiosidad.Sócrates murió acusado de impiedad, «por no creer en los dioses de la ciudad y por introducir nuevas divinidades», dice Jenofonte. Sin embargo, un innegable trasfondo religioso sostiene todo el pensamiento del maestro. Sus ocasionales críticas no se dirigen nunca contra la divinidad, sino contra la insensatez de los hombres que admiten estúpidas prácticas adivinatorias. La evidencia de la racionalidad del cosmos le lleva a admitir un logos universal que habla al hombre por medio de su conciencia moral, y que ejerce una bondadosa providencia dentro de la cual su misma muerte se despoja de todo acento angustioso.No aprueba el antropomorfismo de las divinidades griegas, pero eso no le lleva al extremo agnóstico y ateo en que caen los sofistas. Si Jenófanes había llamado a los viejos mitos «invenciones de los antepasados», Sócrates desea el premio después de la muerte y teme a Zeus. Contra Protágoras, sostiene que «Dios es la medida de todas las cosas», y levanta una auténtica demostración racional que emplea la comparación con el escultor, el arquitecto, el artesano. Así inaugura el camino hacia la idea teísta de un Dios único.Éstos son los pasos de su argumentación:- En primer lugar, todo en el hombre, sus diferentes órganos y miembros, están coordinados con el fin de que el conjunto funcione. Lo que está coordinado con vistas a un fin requiere una causa inteligente, pues no puede ser fruto del azar, ya que nunca hemos visto al azar obrar con vistas a un fin.- Sócrates apunta una posible objeción al citado argumento: conocemos a Fidias y a los artífices de obras humanas, pero por ningún sitio vemos al artífice del ser humano. A esta objeción responde el mismo Sócrates diciendo que carece de argumento desde el momento en que hay cosas que no se ven; como la inteligencia humana, y que sin embargo son innegables.- Por último, Sócrates concluye que el universo y el ser humano reflejan un orden que sólo puede haber sido causado por una causa inteligente, y esa causa es divina, como el nous de Anaxágoras y el logos de Heráclito, o como después sería la idea platónica de Bien. Pero, a diferencia de Heráclito y Anaxágoras, el Dios de Sócrates, además de ser supremo ordenador e inteligencia suprema, también ejerce sobre el cosmos su providencia. A Sócrates le parece que el mundo está bien hecho, y los seres vivos bien diseñados. Toda la realidad le habla de un demiurgo benévolo que ama la vida y la justicia. Y cuando un sofista le dice que tal demiurgo es demasiado grande para tomar en consideración el culto rendido por los humanos, Sócrates responde que el culto ha de ser rendido precisamente a causa de la grandeza divina.Sócrates convierte el nous de Anaxágoras —ley racional universal, principio divino panteísta— en una divinidad personal que ve lo que pasa a la vez en Egipto, en Atenas y en Sicilia. Un Dios inteligente y justo, que reparte premios y castigos. Un Dios omnipotente y providente. Es el monoteísmo que hallamos tan claro en la Apología platónica, dominada por ese Dios que ha dado a Sócrates su misión, que se comunica por medio de un daimon, y que posee el último de los secretos, el de si es mejor la vida o la muerte.Escuelas socráticas menoresEl gran continuador de Sócrates es Platón. A los demás discípulos, entre los que se cuenta Jenofonte, se les denomina socráticos menores. Varios de ellos, tras la muerte de Sócrates, se dispersaron por Grecia y fundaron escuelas que tuvieron en común su interés por los problemas de la vida individual y su desinterés por la política, reduciendo la filosofía a una reflexión sobre la virtud y la felicidad.Antístenes (445-365 a. C.) fundó en Atenas la escuela cínica, y en ella puso de relieve la autarquía y el autodominio de Sócrates, oponiéndose encarnizadamente a los desarrollos metafísicos de Platón. Le sucedió Diógenes, famoso por su vida extravagante. Los cínicos buscaban la felicidad individual en la independencia personal, en la supresión de necesidades, en la tranquilidad de ánimo. Ese ideal les lleva a la mendicidad, a la renuncia a toda teoría, al desdén por la verdad, al desprecio del placer, del bienestar, de las riquezas y de los honores. A diferencia de los cínicos, Sócrates había sido independiente con respecto a las opiniones ajenas tan sólo porque poseía hondas convicciones y principios propios. Sócrates estuvo dispuesto a desobedecer a los oligarcas con riesgo de su vida, antes que cometer una acción injusta; pero nunca hubiese vivido, como Diógenes, dentro de un tonel tan sólo para manifestar su desprecio al modo de vivir de sus conciudadanos.El cínico también modifica el mensaje socrático en sentido antipolítico: indiferente a la familia y a la patria, se siente ciudadano del mundo. Sócrates, por el contrario, siempre se sintió orgulloso de ser ateniense.Arístipo de Cirene (435-360 a. C), un sofista agregado al círculo socrático, fue el fundador de la escuela cirenaica. Su ideal es un hedonismo regulado por el cálculo de las consecuencias útiles o perjudiciales. El bien supremo es el placer, pero no podemos permitir que nos domine: es sabio el que sabe dominar las circunstancias y acomodarse a lo que venga. Como puede apreciarse, Arístipo representa un relativismo materialista muy próximo a los sofistas y bastante alejado de Sócrates.Conviene añadir que la doctrina cirenaica es precursora del epicureismo, mientras que la escuela cínica desembocará más tarde en el estoicismo. Así, desde Sócrates hasta el apogeo del Imperio romano, durante más de cinco siglos, triunfará un pensamiento pragmático y escéptico, que reduce la filosofía a una ética entendida como independencia y autarquía, lejos de la portentosa agudeza de las grandes concepciones metafísicas y políticas de Platón y Aristóteles.La razón de esta devaluación hay que buscarla en la misma crisis del mundo antiguo, que sustituye unas convicciones religiosas y morales en descrédito por la filosofía. Se convierte a la filosofía en una especie de religiosidad de circunstancias en la que el desorientado hombre de la calle encuentra, como ha escrito Julián Marías, «una moral mínima para tiempos duros, una moral de resistencia, hasta que la situación sea radicalmente superada por el cristianismo».

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Página de Joaquín para sus alumnos



Página elaborada por Joaquín Urizar (1 Ed. Pamplona- Agosto 2010) Joaquinurizar@outlook.es