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T. Descartes

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Descartes, Meditaciones Metafísicas, comienzo de la segunda meditación, Edit. Alfaguara, Madrid, 1977, págs. 23-26Mi meditación de ayer ha llenado mi espíritu de tantas dudas, que ya no está en mi mano olvidarlas. Y, sin embargo, no veo en qué manera podré resolverlas; y, como si de repente hubiera caído en aguas muy profundas, tan turbado me hallo que ni puedo apoyar mis pies en el fondo ni nadar para sostenerme en la superficie. Haré un esfuerzo, pese a todo, y tomaré de nuevo la misma vía que ayer, alejándome de todo aquello en que pueda imaginar la más mínima duda, del mismo modo que si supiera que es completamente falso; y seguiré siempre por ese camino, hasta haber encontrado algo cierto, o al menos, si otra cosa no puedo, hasta saber de cierto que nada cierto hay en el mundo.Arquímedes, para trasladar la tierra de lugar, sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil; así yo también tendré derecho a concebir grandes esperanzas, si por ventura hallo tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable.Así, pues, supongo que todo lo que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás; pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. ¿Qué podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo.Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo, titubeo, pues ¿qué se sigue de eso? ¿Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu.Ahora bien: ya sé con certeza que soy, pero aún no sé con claridad qué soy; de suerte que, en adelante, preciso del mayor cuidado para no confundir imprudentemente otra cosa conmigo, y así no enturbiar ese conocimiento, que sostengo ser más cierto y evidente que todos los que he tenido antes.Por ello, examinaré de nuevo lo que yo creía ser, antes de incidir en estos pensamientos, y quitaré de mis antiguas opiniones todo lo que puede combatirse mediante las razones que acabo de alegar, de suerte que no quede nada más que lo enteramente indudable. Así, pues, ¿qué es lo que antes yo creía ser? Un hombre, sin duda. Pero ¿qué es un hombre? ¿Diré, acaso, que un animal racional? No por cierto: pues habría luego que averiguar qué es animal y qué es racional, y así una única cuestión nos llevaría insensiblemente a infinidad de otras cuestiones más difíciles y embarazosas, y no quisiera malgastar en tales sutilezas el poco tiempo y ocio que me restan. Entonces, me detendré aquí a considerar más bien los pensamientos que antes nacían espontáneos en mi espíritu, inspirados por mi sola naturaleza, cuando me aplicaba a considerar mi ser. Me fijaba, primero, en que yo tenía un rostro, manos, brazos, y toda esa máquina de huesos y carne, tal y como aparece en un cadáver, a la que designaba con el nombre de cuerpo. Tras eso, reparaba en que me nutría, y andaba, y sentía, y pensaba, y refería todas esas acciones al alma; pero no me paraba a pensar en qué era ese alma, o bien, si lo hacía, imaginaba que era algo extremadamente raro y sutil, como un viento, una llama o un delicado éter, difundido por mis otras partes más groseras. En lo tocante al cuerpo, no dudaba en absoluto de su naturaleza, pues pensaba conocerla muy distintamente, y, de querer explicarla según las nociones que entonces tenía, la hubiera descrito así: entiendo por cuerpo todo aquello que puede estar delimitado por una figura, estar situado en un lugar y llenar un espacio de suerte que todo otro cuerpo quede excluido; todo aquello que puede ser sentido por el tacto, la vista, el oído, el gusto, o el olfato; que puede moverse de distintos modos, no por sí mismo, sino por alguna otra cosa que lo toca y cuya impresión recibe; pues no creía yo que fuera atribuible a la naturaleza corpórea la potencia de moverse, sentir y pensar: al contrario, me asombraba al ver que tales facultades se hallaban en algunos cuerpos.Pues bien, ¿qué soy yo, ahora que supongo haber alguien extremadamente poderoso y, si es lícito decirlo así, maligno y astuto, que emplea todas sus fuerzas e industria en engañarme? ¿Acaso puedo estar seguro de poseer el más mínimo de esos atributos que acabo de referir a la naturaleza corpórea? Me paro a pensar en ello con atención, paso revista una y otra vez, en mi espíritu, a esas cosas, y no hallo ninguna de la que pueda decir que está en mí. No es necesario que me entretenga en recontarlas. Pasemos, pues, a los atributos del alma, y veamos si hay alguno que esté en mí. Los primeros son nutrirme y andar; pero, si es cierto que no tengo cuerpo, es cierto entonces también que no puedo andar ni nutrirme. Un tercero es sentir: pero no puede uno sentir sin cuerpo, aparte de que yo he creído sentir en sueños muchas cosas y, al despertar, me he dado cuenta de que no las había sentido realmente. Un cuarto es pensar: y aquí sí hallo que el pensamiento es un atributo que me pertenece, siendo el único que no puede separarse de mí. Yo soy, yo existo; eso es cierto, pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que estoy pensando: pues quizá ocurriese que, si yo cesara de pensar, cesaría al mismo tiempo de existir. No admito ahora nada que no sea necesariamente verdadero: así, pues, hablando con precisión, no soy más que una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón, términos cuyo significado me era antes desconocido. Soy, entonces, una cosa verdadera, y verdaderamente existente. Mas ¿qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa. ¿Y qué más? Excitaré aún mi imaginación, a fin de averiguar si no soy algo más. No soy esta reunión de miembros llamada cuerpo humano; no soy un aire sutil y penetrante, difundido por todos esos miembros; no soy un viento, un soplo, un vapor, ni nada de cuanto pueda fingir e imaginar, puesto que ya he dicho que todo eso no era nada. Y, sin modificar ese supuesto, hallo que no dejo de estar cierto de que soy algo.Rene Descartes.- Meditaciones MetafísicasTEXTO 1. DESCARTES. Discurso del Método (Barcelona: Orbis, 1980, pp. 58-62).Principales reglas del método. Siendo más joven, había estudiado yo un poco, entre las partes de la filosofía, la lógica, y entre las matemáticas, el análisis de los geómetras y el álgebra, tres artes o ciencias que, al parecer, debían contribuir en algo a mi propósito. Pero, al examinarlas, advertí que, por lo que respecta a la lógica, sus silogismos y la mayor parte de sus restantes instrucciones sirven más bien para explicar a otro las cosas que se saben, o, incluso, como el arte de Lulio, para hablar sin juicio de las que se ignoran, que para aprenderlas; y, aunque ella contiene, en efecto, muchos preceptos verdaderos y buenos, hay, no obstante, mezclados con ellos tantos otros nocivos o superfluos, que es casi tan difícil separarlos de aquéllos como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol que no esté todavía abocetado. En cuanto al análisis de los antiguos y al álgebra de los modernos, además de que sólo abarcan materias muy abstractas y que no parecen de ningún uso, la primera se restringe siempre tanto a la consideración de las figuras, que no puede ejercitar el entendimiento sin fatigar mucho la imaginación; y en la última está uno siempre tan sujeto a ciertas reglas y a ciertas cifras, que se ha hecho de ella un arte confuso y oscuro que embaraza la mente, en lugar de una ciencia que la cultive. Lo cual fue causa de que yo pensase que era menester buscar algún otro método que, comprendiendo las ventajas de estas tres, estuviera exento de sus defectos. Y, así como la muchedumbre de las leyes proporciona con frecuencia excusas para los vicios, de suerte que un Estado está mucho mejor regulado cuando, teniendo sólo unas pocas, son observadas muy estrechamente; de la misma manera, en lugar de ese gran numero de preceptos de que la lógica está compuesta, creí yo que tendría bastante con los cuatro siguientes, con tal de que tomase la firme y constante resolución de no dejar de observarlos ni una sola vez.Era el primero, no aceptar nunca cosa alguna como verdadera que no la conociese evidentemente como tal, es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente, que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda.El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinase en tantas partes como fuera posible y como se requiriese para su mejor resolución.El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo, incluso, un orden entre los que no se preceden naturalmente.Y el último, hacer en todas partes enumeraciones tan completas y revistas tan generales, que estuviese seguro de no omitir nada.Esas largas cadenas de razones tan simples y fáciles de que los geómetras acostumbran a servirse para llegar a sus más difíciles demostracio-nes, me habían dado ocasión de imaginarme que todas las cosas que pueden caer bajo el conocimiento de los hombres se siguen unas a otras de la misma manera, y que sólo con abstenerse de recibir como verdadera ninguna que no lo sea, y con guardar siempre el orden que es menester para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna tan alejada que finalmente no se alcance, ni tan oculta que no se descubra. No me costó mucho trabajo buscar por cuáles era necesario comenzar, pues sabía ya que era por las más simples y fáciles de conocer; y, considerando que, entre todos los que hasta ahora buscaron la verdad en las ciencias, sólo los matemáticos pudieron encontrar algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y evidentes, no dudé que hubiese de empezar por las mismas que ellos examinaron, aunque no esperase de aquello ninguna otra utilidad que la de acostumbrar mi mente a alimentarse de verdades y a no contentarse con falsas razones. No me impuse, sin embargo, para este menester, la tarea de aprender todas las ciencias particulares que se llaman comúnmente matemáticas; antes bien, conociendo que, a pesar de las diferencias de sus objetos, todas estas ciencias coinciden en no considerar otra cosa que las diversas relaciones o proporciones que en ellos se encuentran, pensé que sería mejor examinar solamente estas proporciones en general, y no suponerlas más que en aquellos asuntos que sirvieran para hacerme más fácil su conocimiento, aunque sin restringirías tampoco a ellos en absoluto, a fin de poderlas aplicar después con más facilidad a todos los demás a que conviniesen. Habiendo advertido luego que, para conocerlas, unas veces necesitaría considerar cada una en particular, y otras veces solamente retener y comprender varias conjuntamente, pensé que, para mejor considerarlas en particular, debía suponerlas en figura de líneas, puesto que no encontraba nada más simple ni que pudiese representar más distintamente a mi imaginación y a mis sentidos; que, en cambio, para retener o comprender a varias juntas, era necesario que las explicase por medio de algunas cifras, lo más abreviadas que fuese posible; y que, de esta manera, conseguiría tomar lo mejor del análisis geométrico y del álgebra, y corregiría los defectos de cada una de estas disciplinas por la otra.TEXTO 2. DESCARTES. Discurso del Método. (Madrid: Orbis, 1980, pp. 71-78, y Principios, II, 4.)Pruebas de la existencia de Dios y del alma humana o fundamentos de la metafísica. No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice, pues son tan metafísicos y poco comunes, que no serán quizá del gusto de todo el mundo; y, no obstante, para que se pueda juzgar si los fundamentos que adopté son bastante firmes, me encuentro en alguna manera obligado a hablar de ellas.Yo había advertido desde mucho tiempo antes, como he dicho más arriba, que, en lo que atañe a las costumbres, es necesario a veces seguir opiniones que se saben muy inciertas como si fuesen indubitables; pero, desde el momento en que me propuse entregarme ya exclusivamente a la investigación de la verdad, pensé que debía hacer todo lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la más pequeña duda, para ver si después de esto quedaba algo entre mis creencias que fuese enteramente indubitable. Así, fundándome en que los sentidos nos engañan algunas veces, quise suponer que no había cosa alguna que fuese tal y como ellos nos la hacen imaginar; y, en vista de que hay hombres que se engañan al razonar y cometen paralogismos, aun en las más simples materias de geometría, y juzgando que yo estaba tan sujeto a equivocarme como cualquier otro, rechacé como falsas todas las razones que antes había aceptado mediante demostración; y, finalmente, considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también ocurrírsenos cuando dormimos, sin que en este caso ninguno de ellos sea verdadero, me resolví a fingir que nada de lo que hasta entonces había entrado en mi mente era mas verdadero que las ilusiones de mis sueños. Pero inmediatamente después caí en la cuenta de que, mientras de esta manera intentaba pensar que todo era falso, era absolutamente necesario que yo, que lo pensaba, fuese algo; y advirtiendo que esta verdad: pienso, luego existo, era, tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos eran incapaces de conmovería, pensé que podía aceptarla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que andaba buscando.Luego, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía imaginar que no tenía cuerpo y que no había mundo ni lugar alguno en que estuviese, pero que no por eso podía imaginar que no existía, sino que, por el contrario, del hecho mismo de tener ocupado el pensamiento en dudar de la verdad de las demás cosas se seguía muy evidente y ciertamente que yo existía; mientras que, si hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no hubiera tenido ninguna razón para creer en mi existencia, conocí por esto que yo era una sustancia cuya completa esencia o naturaleza consiste sólo en pensar, y que para existir no tiene necesidad de ningún lugar ni depende de ninguna cosa material; de modo que este yo, es decir, el alma, por la que soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, y hasta más fácil de conocer que él, y aunque él no existiese, ella no dejaría de ser todo lo que es.Después de esto me puse a considerar lo que se requiere, en general, para que una proposición sea verdadera y cierta; pues, en vista de que acababa de encontrar una que sabía que lo era, pensé que debía saber también en qué consistía esta certidumbre. Y habiendo observado que en la proposición pienso, luego existo, lo único que me asegura de que digo la verdad es que veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgué que podía tomar como regla general que las cosas que concebimos muy dará y distintamente son todas verdaderas, y que solamente hay alguna dificultad en advertir bien cuáles son las que en realidad concebimos distintamente.Por un instante quise buscar otras verdades, y, habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que yo concebía como un cuerpo continuo, o como un espacio infinitamente extendido en longitud, latitud y profundidad o altura, divisible en distintas partes que podían adoptar diversas figuras y magnitudes y ser movidas y trasladadas de todos modos (pues todo esto suponen los geómetras como objeto suyo), recorrí algunas de sus más simples demostraciones, y, al percatarme de que esa gran certeza que todo el mundo les atribuye sólo se funda en que se las concibe con evidencia, según la regla que enuncié hace poco, advertí también que no había en ellas nada que me asegurase de la existencia de su objeto; pues veía claramente que, suponiendo un triángulo, era necesario que sus tres ángulos fuesen iguales a dos rectos, pero no por eso veía nada que me asegurase de la existencia en el mundo de ningún triángulo; en cambio, volviendo a examinar la idea que tenía de un Ser perfecto, encontraba que la existencia estaba comprendida en ella, de la misma manera que está comprendido en la de un triángulo el que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos, o en la de una esfera el que todas sus partes disten igualmente de su centro, y aun me parecería más evidente lo primero; por consiguiente, que Dios, ese Ser tan perfecto, es o existe, lo encontraba por lo menos tan cierto como pudiera serlo cualquier demostración de la geometría. Sin embargo, el que haya muchos que consideren difícil conocerlo, y hasta conocer lo que es su alma, se debe a que nunca elevan su espíritu por encima de las cosas sensibles, y a que están de tal manera acostumbrados a no pensar nada sino imaginándolo (lo cual es un modo de pensar particular, sólo apropiado para las cosas materiales), que todo lo que no es imaginable les parece que no es inteligible. Lo cual es bastante manifiesto por el hecho de que hasta los filósofos tienen como máxima en las escuelas que no hay nada en el entendimiento que antes no haya estado en los sentidos, donde, sin embargo, es cierto que las ideas de Dios y del alma no estuvieron jamás; y me parece que los que quieren usar de su imaginación para comprenderlas obran lo mismo que si para oír los sonidos u oler los olores se quisieran servir de los ojos; con la diferencia, además, de que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de estos objetos que los del olfato y el oído, mientras que ni nuestra imaginación ni nuestros sentidos podrían asegurarnos jamás de cosa alguna sin la intervención de nuestro entendimiento.En fin, si todavía hay hombres que no estén bastante persuadidos de la existencia de Dios y del alma por las razones que he expuesto, quiero que sepan que todas las demás cosas de que se creen quizá más seguros, como de tener un cuerpo, y de que hay astros y una tierra y cosas semejantes, son menos ciertas; pues, aunque de estas cosas se tenga una seguridad moral, tal que parezca no poderse dudar de ellas a menos de ser extravagante, tampoco se puede negar, no obstante, cuando de certeza metafísica se trata, a menos de ser irrazonable, que sea suficiente motivo para no estar completamente seguro de ellas el haber advertido que, mientras se duerme, puede uno imaginarse de la misma manera que tiene otro cuerpo y que ve otros astros y otra tierra, sin que haya nada de ello. Pues, ¿de dónde se sabe que los pensamientos que sobrevienen en el sueño son más falsos que los demás, siendo así que con frecuencia no son menos vivos y expresos? Y por mucho que estudien la cuestión los espíritus más selectos, no creo que puedan dar ninguna razón suficiente para evitar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios. Porque, en primer lugar, lo mismo que hace poco tome como una regla, a saber: que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; eso mismo no es seguro más que a causa de que Dios es o existe, de que es un Ser perfecto y de que todo lo que hay en nosotros procede de El; de donde se sigue que, siendo nuestras ideas o nociones cosas reales y que vienen de Dios, en tanto en cuanto son claras y distintas no pueden ser sino verdaderas. De modo que, si a menudo tenemos bastantes que contienen falsedad, sólo pueden ser aquellas que tienen algo confuso y oscuro, a causa de que en ello participan de la nada, es decir, que solo se nos presentan de esa manera confusa porque nosotros no somos perfectos. Y es evidente que no hay menos repugnancia en que la falsedad o la imperfección procedan de Dios, en tanto: que tal, que en que la verdad o la perfección procedan de la nada. Pero si no supiésemos que todo lo real y verdadero que hay en nosotros vienen de un Ser perfecto e infinito, por claras y distintas que fuesen nuestras ideas, no tendríamos ninguna razón que nos asegurase que poseían la perfección de ser verdaderas.Ahora bien, una vez que el conocimiento de Dios y del alma nos ha garantizado la certeza de aquella regla, es muy fácil conocer que las fantasías que imaginamos estando dormidos no deben hacernos dudar en modo alguno de la verdad de los pensamientos que tenemos estando despiertos. Pues si ocurriese que, aun estando durmiendo, se tuviera alguna idea muy distinta, por ejemplo, que un geómetra inventase alguna nueva demostración, el sueño no le impediría ser verdadera; y en cuanto al error más ordinario de nuestros sueños, que consiste en que nos representan diversos objetos de la misma manera que lo hacen nuestros sentidos exteriores, no importa que nos dé motivo para desconfiar de tales ideas, puesto que también ellas nos engañan con bastante frecuencia sin que durmamos, como cuando los que padecen ictericia lo ven todo de color amarillo, o cuando los astros u otros cuerpos muy lejanos nos parecen mucho más pequeños de lo que son. Porque, en fin de cuentas, ya estemos despiertos o ya durmamos, nunca debemos dejarnos persuadir más que por la evidencia de nuestra razón. Y nótese que digo de nuestra razón, y no de nuestra imaginación ni de nuestros sentidos. Así, aunque vemos el sol muy claramente, no por eso debemos juzgar que sea del tamaño que lo vemos, y podemos imaginarnos muy distintamente una cabeza de león injertada en el cuerpo de una cabra, sin por ello sea necesario concluir que haya en el mundo una quimera. Porque la razón no nos dicta que lo que vemos o imaginamos de ese modo sea verdadero, sino solamente que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad, ya que, de lo contrario, no sería posible que Dios, que es perfectísimo y absolutamente veraz, las hubiese puesto en nosotros; y, como nuestros razonamientos no son nunca tan evidentes ni tan completos durante el sueño como durante la vigilia, aunque a veces nuestras imaginaciones sean en aquél tanto o más vivas y expresas, nos dicta también que, no pudiendo ser verdaderos todos nuestros pensamientos, por no ser nosotros enteramente perfectos, lo que tienen de verdad debe infaliblemente encontrarse en los que tenemos estando despiertos, más bien que en los de nuestros sueños. (Discurso del Método)

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Página de Joaquín para sus alumnos



Página elaborada por Joaquín Urizar (1 Ed. Pamplona- Agosto 2010) Joaquinurizar@outlook.es